Vieja religion

Habían jurado por el libro, la vela y la espada.
Sí, el libro no era más que una biblia para niños, repleta de dibujos anatómicamente poco correctos y de colores pastel y de animales que sonreían. Y la espada no era otra cosa que un cuchillo de cortar pan con la empuñadura desgastada.
¿Y qué?
Eran niños y no les importaban los detalles que hacen que el mundo tenga sentido para los adultos.
El sol entraba por la ventana del desván de la abuela de Carlos. Su calor acariciaba los brazos de los dos niños. Su luz iluminaba el polvo entre ellos. Un campo de hadas.
Y entre aquel calor y aquella luz polvorienta se habían mirado. Pequeños y absurdos, se habían sonreído.
El gato de la abuela de Carlos había maullado. Sin cesar. Un cachorro repelente. Un gato. Repelente. Había maullado toda la tarde. Porque tenía hambre y sueño y ganas de cazar. Pero había algo que no le dejaba irse.
Los niños se habían mirado.
Y habían jurado. Por el libro y la vela y la espada.
Y por los ojos del gato, había pensado Ana, escondiendo su promesa dentro del juramento común, como quien esconde una carta dentro de un libro.

Y habían pasado los años y el gato seguía vivo, pero la abuela de Carlos no.
Habían estado allí, en el calor, en la luz que convertía el velatorio en un espectáculo de fuegos artificiales de serrería. Entre los abrazos y los mocos en los hombros.
La abuela… Había sido… Yo también lo siento… Gracias por venir….
El gato miraba a todo el mundo con la tranquilidad de un asesino con coartada.
Hubo una reunión familiar. Porque por supuesto que había un testamento. Pero las palabras sobre el papel no hablaban del amanecer sobre el maíz ni de la humedad en el trigo ni del mugido triste de las vacas cuando se ponía el sol.
Sí que hablaba, el testamento, del gato, gordo y haragán, tumbado cerca de la chimenea en invierno.
El gato tenía que vivir con Carlos. Con Carlos y con quien Carlos hubiese decidido compartir su vida, decía el testamento. Porque, y esto no lo entendió nadie, Carlos era un buen gato y el gato era un buen Carlos, por lo que decía la última voluntad de la buena mujer.
Cuando el notario leyó aquellas palabras locas y todo el mundo miró al suelo con vergüenza, Ana cogió al gato y lo besó. Lo besó con cuidado y cariño, que no es siempre lo mismo; y pasó sus dedos entre las orejas levantadas y los ojos atentos del animal. Y uno de los dos sonrió.

Y habían pasado los años y el gato seguía vivo, pero Ana no. Un coche, una tormenta, una calle mal asfaltada, una calle sin iluminación.
El gato ya era viejo en aquel momento. Más gruñón y perezoso, gordo y con grandes extensiones de cuerpo sin pelo y una oreja que siempre se mantenía gacha como una flor mustia, pero seguía vivo.
Ana, no.
Sin embargo, Ana seguía rondando por el piso, compartiéndolo con Carlos sin que éste lo supiese. A pesar del dolor, de la tristeza, de la desesperada ansia por dejarse ir, no podía.
Durante el día, dormía. Un sueño fantasma, vacío e insustancial del que despertaba llorando y atontada. Cada vez que despertaba, le parecía que había pasado un segundo y un año desde que había cerrado los ojos.
Durante un tiempo le pareció antinatural ese ritmo invertido de día y noche. Como si deambular por el apartamento por la noche reafirmase su condición de espíritu de un modo demasiado cercano a la parodia.
Al cabo de unas semanas, descubrió que no necesitaba dormir; que lo había estado haciendo por costumbre, pero que ya no había organismo que necesitase descanso. Siguió durmiendo de tanto en tanto, para dejar de pensar, para apagar los pensamientos, brillantes y dolorosos como un hierro al rojo.
Salía poco del apartamento. La gente la atravesaba por la calle, los perros le ladraban, los niños pequeños lloraban en su presencia. Y no conseguía notar el calor del sol en su cara ni el viento en sus cabellos. El mundo no dejaba de recordarle que no pertenecía allí, de modo que abandonó el mundo como una visitante molesta.
En casa podía fingir. El gato apenas le dedicaba breves miradas cargadas de desinterés. Se tiraba pedos si ella hacía ademán de acariciarlo. Cuando se sentía tan irreal que le parecía que se iba a deshacer como un aro de humo en la tormenta, se acercaba al animal y su ventosidad actuaba como ancla, devolviéndole la, a falta de mejor palabra, gravidez.
Y sabía, no sabía cómo, pero sabía encender el televisor.
Cuando lo descubrió, recorrió la casa explorando, experimentando, averiguando qué más podía manipular. La lista resultó ser arbitraria y muy muy muy muy corta. Podía activar la cisterna, pero sólo la del baño más cercano a la entrada; podía encender el exprimidor de naranjas y el secador de cabello que Carlos mantenía colgado junto al espejo para torturarse por las mañanas; y podía girar las páginas de los periódicos atrasados. Nada que le sirviese para comunicarse. Dedicó, sin resultado, horas y días y semanas a intentar sujetar un lápiz. Pensó cómo utilizar el televisor, el exprimidor, los periódicos atrasados, para enviarle un mensaje a Carlos, pero nada le parecía razonable.
Además, pronto descubrió que perdía toda capacidad de actuación en su presencia. Ni tan sólo el gato reaccionaba. Como si de una mala historia se tratase, cuando más viva se sentía, más le recordaba el mundo que no lo estaba.
Se sentaba junto a él en el sofá e intentaba pasarle la mano por el pelo y las mejillas y el pecho. Lo observaba mientras cenaba (cuando lo hacía, porque no lo hacía a menudo, dolido, sangrante), con la mirada perdida en la pantalla. Se tumbaba a su lado en la cama y le cantaba aún sabiendo que él no podía oír sus canciones. A veces, Carlos lloraba. Algunas noches, pronunciaba su nombre en sueños. Otras, se masturbaba. Con furia y desesperación, en unas ocasiones; con suspiros y su nombre entrecortado, en otras. En estas últimas ocasiones, ella también lo hacía. Su cuerpo frío y sin sudor y el orgasmo que no se consumaba, un látigo que no alcanzaba a completar el arco, sin restallar. Pero le gustaba imaginar que volvía a hacer el amor con él. Cuando todo acababa, se acurrucaba junto a él, su cuerpo penetrando el de su ignorante amante, y lo besaba y le decía que le quería y el se dormía llorando.
Y el gato, viejo y gruñón, entraba renqueando en la habitación.
Y ella podía verlos a los dos, más que unidos, fundidos.

Escondidos por siempre en los ojos del gato.

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