Tradiciones familiares

Diego no estaba contento. Se sentía cansado y hambriento; cegado por la sed. Le parecía que, en cualquier momento, su cuerpo se rendiría y caería al suelo. No recordaba que el viaje fuese tan duro, pero, claro, la otra vez lo había hecho en la plenitud de su forma física.

Volvió la vista atrás. Su hijo le seguía, también agotado, también con los ojos medio enloquecidos por la deshidratación. La memoria de Diego sobre los últimos días era un cristal roto y no conseguía recordar cuándo se habían hablado por última vez ni qué se habían dicho, ni si había sido con sorna y disgusto o con la traviesa complicidad que mantuvieron hasta que Diego Jr. se hizo mayor de edad. Hasta que la tradición tuvo que cumplirse.

Eso era lo que más molestaba a Diego. Lo que le ardía en el estómago más que el hambre. Aquella tradición había pertenecido a su familia desde que el mundo merecía llamarse mundo, mucho antes de que el mono perdiese el pelo. Era un honor. Un deber sagrado y un honor. Y Diego Jr. no se lo tomaba en serio.

— Es que es absurdo, papá. ¿No lo ves?

Eso había dicho, sentado, sin intención de levantarse, con una medio sonrisa cruzando su cara y una mirada abiertamente burlona. Y había vuelto a sus asuntos como si la cosa no fuese con él.

Después había habido gritos, amenazas e incluso gestos agresivos. Finalmente, la mujer de Diego, la amante madre de su hijo, intercedió y consiguió convencerlo. Si no por Diego, por ella.

Al día siguiente, malhumorados y manteniendo distancias, padre e hijo emprendieron el viaje.


Es war einmal…

Muy al norte, en la tierra de Svithjod, hay una montaña de diamante de una milla de altura, una milla de ancho y una milla de espesor. Cada mil años vuela hasta allí un pájaro y afila su pico en la cumbre.

Hasta allí habían llegado Diego y su hijo. Contemplaron la mole brillante durante largo rato, en silencio. Diego miraba a su hijo de reojo, esperando que el viaje y aquella visión majestuosa hubiesen hecho mella en su sarcasmo. Y, en efecto, su hijo estaba impresionado. Pero su opinión no había cambiado demasiado.

— Sigo pensando que es una locura hacer todo esto por una metáfora.

Diego Jr. no lo entendía. No era una metáfora. El tiempo no es una construcción abstracta. ¿Cómo podría medirse si lo fuese?

Cuando debido al desgaste producido por el roce, la montaña haya desaparecido, habrá transcurrido entonces un segundo de eternidad.

Su familia era la encargada de hacer realidad el tiempo. Llevaban definiendo la eternidad desde el principio. Cuando su primer antepasado se afiló el pico en la cumbre, el tiempo empezó a existir. Generación tras generación, los padres habían enseñado a sus hijos el camino a la montaña y les habían pasado el testigo de cumplir con la tarea cuando llegase el momento.

Diego y su hijo dieron unas cuantas vueltas más alrededor de la montaña, sin posarse en ella. Todavía quedaban muchos años hasta que un pájaro tuviese que erosionarla con su pico.

— ¿Así que me has hecho pasar por este infierno de viaje sólo para que pueda hacer lo mismo con mi hijo cuando se vuelva mayor de edad?

Diego suspiró. Siempre que había pensado en aquel momento, había imaginado que sería emocionante; no esta grotesca sucesión de quejas. Estiró el cuerpo. Le pesaban las alas y todavía quedaba el largo camino de vuelta. Hizo un gesto con la cabeza para indicar a su hijo que le siguiese, se dio la vuelta y empezó a volar en dirección a casa.


Pasó el tiempo con escrupulosa puntualidad. Diego Jr. tuvo un primogénito varón, lo que llenó de alegría a su padre. No es que una nieta no pudiese mantener la tradición, pero enviar a una hembra a aquel viaje le parecía poco apropiado.

Unos meses después, Diego Jr. pasó a ser Diego. Poco antes de morir, su padre le había hecho prometer que no se olvidaría de cumplir con su deber. Había hecho un gesto vago con la cabeza, suficiente para contentar a su padre, pero aceptablemente ambiguo como para que nadie pudiese considerarlo vinculante.

Y es ahora cuando se cumplen mil años desde la última vez que un pájaro afiló su pico en la cumbre de aquella montaña. Pero ningún pájaro llega. En una habitación cualquiera, un reloj marca las 00:23. A pocos metros de distancia, en la pantalla de otro reloj parpadean las 13:56.

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