Malestar crónico

Bien, piensa, esto definitivamente no es mío. Está acostumbrado a perder tiempo, no a encontrarlo. Sin embargo, ahí están. Setenta y cuatro minutos perfectamente cuadrados, cada uno con sus sesenta segundos perfectamente redondos y azules. Engarzados como gotas de sangre en un pentagrama, componen una sinfonía de quizás.

(Hubo un tiempo y un lugar en los que una ahora olvidada secta de asesinos recolectaba el tiempo perdido. Así, moviéndose entre segundos que no les pertenecían, entraban, cortaban gargantas y salían, como sombras perfectas, suspiros de cuchillo.)

Había metido la mano en el bolsillo para coger las llaves de casa y se había encontrado con aquel regalo imprevisto. Todavía huelen a nuevo. Como un tebeo recién parido por la imprenta. Como la virginidad de su prima aquel verano. Como la lluvia después de una borrachera. Y pesa. Siente en su mano un peso jamás sentido. Un cielo de posibilidades enmascarando un infierno de indecisiones.

(En otro país, muchos años después, las brujas prolongaban sus vidas robando los años por vivir de los recién nacidos. Se quemaba hinojo alrededor de las cunas para mantenerlas alejadas o se las compraba con oro si no te importaba perder tu riqueza para tener un heredero de tu pobreza.)

No había compuesto aquella canción. Ni había leído aquel libro. Ni escrito aquel poema ni follado con aquella rubia en los lavabos de aquel bar ni escupido en la cara de su jefe ni… No. No era eso. Hay que ser muy cobarde para confundir cobardía con falta de tiempo.

(En una tierra cuyo nombre había ido acumulando consonantes a través de sucesivas conquistas, el tiempo perdido estando despierto se vivía en sueños. Así era como años enteros podían transcurrir en una noche.)

Había tenido una canción entre los dedos. Una joya caída. Un beso de Dios. Sigue ahí. Está seguro. Entre la rutina y las caricias sin sentido. Algunas noches se despierta con el ruego sensual del nylon en las yemas y simula que no lo oye porque su vida no le deja tiempo para vivir.

(Ahora mismo, un actor se esta chutando su pasado para intentar recuperar lo que ha perdido. La puta que se la está chupando se atraganta con el torrente de vida desperdiciado que le quema la garganta.)

Hoy ha sido un gran día. Ha vendido el maldito piso. Todo el mundo en la oficina lo ha celebrado. Vino barato y risas de alquiler. Su jefe le ha hablado, por fin. Y, a pesar de no recordar ni una sola palabra, un orgullo blando y chapoteante baila en su vientre. Silencio, le dice. No escuches tonterías. Lo que no hiciste no existe. Desidia es un hermoso sinónimo de felicidad.

(En algunos sótanos se subastan minutos y fetos sin concebir. Hay parejas que viven de no follar; de vender la vida de los hijos que no tendrán. ¿Entendéis por qué os odio?)

Vuelve a mirarse la mano. Duele. Una vez quiso hacer lo correcto, pero no tuvo tiempo. Y ahora tiene tiempo, pero ¿qué coño es lo correcto? Podría llamar a su padre, piensa. O dormir. ¿Se puede perder el tiempo encontrado?

(En el siglo XIX, pueblos enteros del imperio austrohúngaro vivían de la artesanía del tiempo. El IV Reich es una colección de jarrones y centros de mesa enterrada en la Selva Negra, esperando el momento de convertirse en catedrales y campos de exterminio de porcelana fina.)

La gente pasa por su lado y le mira con recelo. El tiempo, bien mirado, es asqueroso. Vómito de lo que haríamos. Espejo de nuestras faltas. Jódete, dice. Arrepiéntete después de haberme quemado. Ese amigo loco que nos reta a saltar desde el puente. Ese amigo loco que no tenemos. O que olvidamos. Te quise tanto, creo. ¿Dónde estás?

(Para los franceses el tiempo es algo que le sucede a los demás. Por eso no les importa rendirse cuando alguien pone su pie dentro de sus fronteras. Para ellos la vida es esa cosa ridícula que sucede entre quesos y belgas.)

Si ahora tuviese… ¿No adoráis las excusas? Supongo que sí o no tendríais tantas. Si ahora tuviese una guitarra, compondría su canción. Si ahora tuviese una libreta, escribiría su poema. Si ahora tuviese dos huevos en vez de una hipoteca, lo mandaría todo a la mierda y sería él y no el payaso triste que es ahora. Pero no hay si. Hay mierda o mundo o como queráis llamarlo. Hay dolor de huesos y canciones que no dicen nada y hay impuestos que pagar. Hay una niña que no ha nacido y hay una risa por reír.

(El primer hombre que entendió lo que era el tiempo se arrancó los ojos con los huesos de un mamut. Su calavera se conserva en una biblioteca polvorienta y húmeda construida por imbéciles bajo el Kilimanjaro.)

Su brazo dibuja un arco sobre la tarde ruin mientras su mano se abre y deja escapar los setenta y cuatro minutos perfectamente cuadrados. Los segundos, perfectamente redondos y azules, dibujan parábolas sin moraleja y se precipitan sobre la gente, que huye temerosa. No es agradable que la vida se te corra encima, ¿verdad?

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