Primero de biología

Mis padres no me pusieron nombre. Supongo que no lo consideraron necesario; una consecuencia de mi desafortunada condición, pero no la única. No llegué a conocer a mi madre; y de mi padre sólo alcancé a ver una mueca de repugnancia y decepción. Consejo para despistados: no nazcáis muertos.

El futuro me ofrecía una tumba poco profunda o un tanque lleno de formol, así que me largué del hospital. Mi huída me condujo a mi primera revelación. Los niños son invisibles. Por eso gritan, lloran y rompen cosas. Para que os fijéis en ellos. El niño tranquilo y silencioso es ignorado; una mancha de humedad en el decorado del mundo. He llegado a la conclusión de que los niños os recuerdan que estáis vivos. Y eso os incomoda.

Sé lo que estáis pensando. ¿Cómo debe ser vivir sin estar vivo? No queréis que sea sincero en mi respuesta. Si lo fuese, os diría que no encuentro demasiadas diferencias entre vosotros y yo. Cuando os miro a los ojos, me parece estar asomándome al interior de una casa abandonada. Estar vivo debería ser fuego y pasión y salvaje alegría, no monótona seguridad ni temores enterrados en el sótano. Tenéis el feo vicio de llamar tranquilidad al aburrimiento.

De tan aburridos y timoratos, os perdéis incluso las oportunidades que os ofrece el estar huecos. La gran ventaja de no tener vida, sobre todo en un caso tan poco metafórico como el mío, es que puedes coger la que quieras y rellenarte con ella. Yo tengo una gran colección, cada una de ellas con su nombre, su pasado más o menos extravagante, su sonrisa más o menos amplia; todas almacenadas en el armario de un modo pulcro y ordenado. Durante muchos años, me levantaba cada mañana, abría la doble puerta, escogía una según mi estado de ánimo y la vestía con mi carne seca y fría. Y me lanzaba al mundo con mi sonrisa más o menos amplia en busca de alguien que me enseñase qué era estar vivo.

Con el tiempo, encontré a ese alguien. Por eso, desde hace meses, no me acerco a mi colección ni tengo otro nombre ni pasado que no sean aquéllos de los que ella se enamoró. Porque en sus ojos hay llamas y riesgo y su voz sabe rugir y gemir y sonar como las olas cuando se retiran de la orilla.

Cuando duerme, sus pechos respirando sobre mi pecho inmóvil, me encuentro pensando que debería amarla. Entonces, os envidio. Porque vuestros amores insulsos están tan lejos de mis posibilidades como la lluvia de poder apagar el sol. En el fondo, sois unos bastardos afortunados.

De todos modos, lo intento. Y finjo con tanto entusiasmo que nadie podría distinguir mi actuación de vuestras pobres emociones. Os he observado durante mucho tiempo. Está todo en las manos y en la posición de los hombros. Como estáis tan vacíos, habéis codificado todos vuestros gestos para poder entenderos los unos a los otros. Un alfabeto para autistas.

A veces, me imagino teniendo un hijo con ella. ¿Cómo será el hijo de una viva y un muerto? Espero que vivo del todo o del todo muerto. No soportaría que mi sangre se pudriese en sesenta años de podría, ¿me atrevo?, ojalá, mejor que no, y si… Entonces, me pregunto si tengo derecho a traer otro muerto al mundo. Y recuerdo mis distintos nombres y mis pasados más o menos extravagantes y mis sonrisas más o menos amplias. Y no puedo evitar pensar que mi muerte no ha sido una mala vida.

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