Los momentos entre viajes

Si le preguntáis, os responderá que le gustan, sobre todo lo demás, las esperas. Los viajes, continuará, no son más que una monótona sucesión de velocidad y parada, de luz y oscuridad; como atravesar semanas a bordo de una máquina del tiempo a velocidad de crucero. Las esperas, en cambio, son todo lo contrario al viaje. Son pausas perfectas en el continuo ajetreo diario, pequeños instantes congelados fuera del tiempo como cristales de lluvia sobre la piel.

Le gusta esperar en los andenes. Unas veces sentado; otras, caminando lentamente, sorteando al resto de futuros viajeros. Le gusta pensar que el viaje no empieza hasta que se inicia el movimiento de las ruedas y que, mientras aguardan la llegada del metro, todos ellos están en un estado indefinido, viajeros en potencia pero no en acto. Todavía no.

Le gusta tanto esperar en los andenes que, algunos días, baja hasta ellos sólo por el placer de esperar. Y deja pasar convoy tras convoy, mientras piensa que sólo dejará escapar uno más. Y sonríe al darse cuenta de que se está mintiendo; siempre se puede esperar al siguiente. Una vez, estuvo tanto tiempo en el andén que vio a la gente irse a trabajar y regresar a sus casas. Fue en uno de esos locos martes de marzo que sólo se dan en años bisiestos y nunca ha vuelto a suceder.

Hay días en los que se compra un café y pide que se lo pongan en un vaso de poliuretano, a pesar de saber que echará de menos el tacto suave y firme de la porcelana y el grosor de la taza entre sus labios. Después recoge uno, dos o tres periódicos gratuitos y se sienta en uno de los bancos que se hunden en las paredes, tan cómodo como si estuviese en el sofá de su casa, arrullado por el ir y venir incesante de los trenes. Cálido y confortado en el corazón de la ciudad, deja que pase la mañana.

Cuando se prohibió fumar en el recinto, dejó de fumar. Durante una temporada, llevaba siempre dos bolsas. Al inicio de la mañana, una estaba llena de pipas y la otra estaba vacía. Al acabar su jornada, la primera estaba vacía y la otra estaba llena de cáscaras vacías. Un día, los andenes perdieron totalmente el olor a humo y ya no necesitó las bolsas.

Le gusta esperar en los andenes y observar a la gente. Le gusta especialmente el gentío de las 8:30. La abigarrada mezcla de funcionarios, fontaneros, secretarias y niños camino del colegio con los ojos medio cerrados todavía. Le da la sensación de que, en ese preciso instante, el mundo bosteza y se despereza y se pone en marcha. Le parece curioso que, en cambio, la gente vuelva de un modo tan disperso. Primero, los funcionarios, seguidos de los estudiantes. Poco después, las secretarias. Y, finalmente, los fontaneros. Se le ocurre que el mundo va perdiendo sus energías a medida que transcurre el día y va devolviendo a las personas a sus hogares a medida que se cansa.

Le gusta esperar en los andenes y le gusta observar a la gente que, como él, espera en los andenes. Sabe que los demás creen que, en esos momentos, están perdiendo el tiempo, de modo que les sonríe y les intenta decir sin palabras que deberían dejar de preocuparse por el tiempo, que el tiempo allí, entre viajes, no existe.

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