Las notas tras el cristal

J’attendais en vain
que le monde entier m’acclame,
qu’il me déclare sa flamme
dans une orgie haut de gamme.

Benjamin Biolay, Padam

Pasear por esta ciudad se siente como caminar sobre las cenizas de los muertos. Una sinfonía de nada, un aburrimiento aletargado. Cada graffiti es una promesa de violencia que nunca se cumple. El odio, el asco y la vergüenza salpican el cemento, pero en las miradas sólo hay un vacío satisfecho. A veces me pregunto cómo se puede vivir aquí sin estar loco o borracho.

Sin embargo, se dice que aquí, en esta misma ciudad en la que estás sentado leyendo esto, se encuentra un edificio que alberga una habitación, toda ella de cristal. La habitación donde tuvo lugar la última interpretación de Franz Heinenberg.

Heinenberg. Al oír su nombre, mi mano izquierda tiembla todavía. Sí, yo estuve allí, en Salzburgo. Yo le vi tocar furioso su piano en llamas bajo la lluvia mientras el público se entregaba a una orgía de lágrimas, laceraciones y canibalismo. Sí, fue allí donde perdí el ojo. Un precio pequeño por experimentar el éxtasis.

Los círculos en los que Heinenberg es conocido son más proclives a mencionar a Asmodeus que a Chopin. Por eso, el mejor pianista de su generación ha permanecido oculto a los ojos del mundo. Su propia historia es un misterio que él mismo se ha encargado de magnificar. Nadie sabe de dónde salió. Un buen día estaba allí, desafiando a Dios desde su piano. No tardó en llamar la atención. No era sólo su virtuosismo impecable y arrogante; lo más llamativo era el inusual empleo de los semitonos en sus composiciones. Cómo alguien podía tomar aquellas notas bastardas y convertirlas en el sistema nervioso de unas obras tan desgarradoras y bellas, escapaba a cualquier análisis teórico. Pero funcionaba.

Algunos decían que el uso mayoritario de teclas negras era un signo evidente de su desprecio del Bien. Supongo que harto de tanto infantilismo, el propio Heinenberg se pronunció sobre el tema. El Cielo y el Infierno son indistinguibles para nosotros, los medios tonos, los tonos incompletos, los heroicos huérfanos abandonados y olvidados. Juguetes en un cajón; útiles sólo cuando un acorde necesita ser rellenado.

No es difícil entender, a la luz de esa explicación, que sus obras estén inconclusas. La completitud sólo es posible desde la eternidad. La vida no es más que un cúmulo de historias que no se cierran. Líneas incompletas lanzadas al vacío.

¿Quién hubiese imaginado, entonces, que ese enamorado de la mortalidad y de lo limitado descubriría el modo de apresar el infinito?

Eso es lo que hizo, si creemos lo que se cuenta acerca de la habitación de cristal. Cuatro días estuvo encerrado en ella con su piano. Cuatro días en los que tocó y tocó, sin detenerse ni un momento. Al salir, la habitación se selló herméticamente y no ha vuelto a abrirse. Quien ha podido contemplarla explica que asomarse a ella es como contemplar el cerebro de Dios, reverberando hasta el fin de los tiempos. He oído historias de personas que han apoyado sus manos en el cristal y han tenido visiones del futuro durante tres días, mientras sus palmas sangraban sin herida alguna. ¿Quién sabe? Todo es posible cuando crees en lo que no puedes ver.

También he oído que, al salir de la habitación, Franz Heinenberg se amputó él mismo ambos índices y meñiques. Ofreció uno al norte; otro al sur y un tercero al este. Nadie sabe, o nadie me ha contado, qué hizo con el último. Nadie sabe tampoco qué hizo a continuación. Desapareció del mismo modo que apareció. Dejó de estar y nos dejó las notas tras el cristal.

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