Polvo de estrella (y III)

Parte 1

Parte 2

Nuestra tragedia continúa en el cementerio de Montparnasse, tres días después del primer encuentro entre nuestro protagonista y Barbarroja McQuinn. El pacto se había sellado con un buen escupitajo y un no menos bueno apretón de manos. Los términos eran claros y sencillos. Barbarroja McQuinn se comprometía a terminar con los pesares amorosos de nuestro buen Jans Van Jill. A cambio, se haría con su alma cuando éste muriese. Como decíamos, claro y sencillo.

La parte del contrato referente a los amoríos de Van Jill era lo que los había reunido de nuevo en el cementerio. El truco, pues todo lo que vale la pena en esta vida es un truco, explica Barbarroja McQuinn, es sublime en su simplicidad. Sólo tenían que robar el glamour erótico de Serge Gainsbourg.

Cada día, decenas de mujeres se detienen frente a esta tumba, prosigue Barbarroja McQuinn mientras señala la lápida, y anhelan el contacto de su ocupante, su potente virilidad, su masculinidad arrogante y desdeñosa. Toda esa energía, sea amorosa, platónica o sexual, todo ese poder capaz de erizar el vello más íntimo de cualquier mujer, se pierde en la tierra fría y seca. Lo que Jans tiene que hacer es desenterrar el cadáver, quemar sus huesos y ocupar su lugar durante siete días, tiempo suficiente para embeberse del poder allí depositado. Al alzarse, se habrá convertido en un imán para toda mujer del planeta.

Un plan nada descabellado, se mire por donde se mire. Sin embargo, cualquier plan, por muy bien trazado que esté, es tan bueno como las personas que lo ejecuten. Y Jans Van Jill sólo es un pobre iluso con el corazón roto.

Allí, en la oscuridad bajo la tierra, rodeado de silencio y gusanos, necesita apenas dos días para volverse loco. En su mente, corre por un prado que parece cubrir el mundo entero; riendo y cantando bajo un cielo tan azul que parece gris. No se cansa ni se siente sediento. La libertad es eufórica; llena sus pulmones y acaricia sus genitales con el tacto de una experta prostituta. Su ex-novia es sólo un recuerdo pequeño y borroso, distante en la lejanía.

Corre durante dos días. Luego muere.

Mientras, empapado en el perfume que ha fabricado con la ceniza de los huesos de Gainsbourg, Barbarroja McQuinn recorre la ciudad, atrayendo mareas de mujeres por donde va. Con una sonrisa, regala a una de ellas un sombrero de un melancólico violeta y bordados de un rojo sangrante.

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2 respuestas a Polvo de estrella (y III)

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