Polvo de estrella (II)

Parte 1

El alma de un enamorado vale su peso en plomo. Simple ley de mercado. Poco se puede cobrar por algo cuya obtención tiene un coste tan bajo. Lo mismo sucede con las almas de los codiciosos, de los egoístas y, como regla general, de cualquiera con la sesera poco amueblada.

Aunque es cierto que es posible conseguir un bonito sombrero a partir de ella, con sus rojos sangrantes y sus melancólicos violetas.

Es por eso que, cuando Barbarroja McQuinn se sentó junto a Jans Van Jill, la mayoría de parroquianos de la taberna pensaron que estaba buscando un regalo barato para alguna de sus muchas y difuntas mujeres y no le dieron mayor importancia. Le habían visto tantas veces en acción que nadie se sentía interesado ya por la delicadeza y precisión de su arte.

Para mí, en cambio, era la primera vez que pude ver en directo la extraordinaria coreografía que son los timos de Barbarroja McQuinn. No importa que Jans Van Jill jamás la hubiese ensayado. Como un bailarín experto, Barbarroja McQuinn guiaba sus pasos, haciendo que sus pies siempre cayesen en el lugar adecuado.

La danza se compone de cuatro movimientos. Tiene una obertura, en la que el depredador se acerca a la presa como si realmente le preocupase su estado. De ahí se pasa a una suerte de rondó en la que cada paso es respondido por el otro bailarín. Aquí, el maestro deja la iniciativa al principiante; apenas lo guía para que no se salga de la pista de baile; se limita a asentir con la cabeza, dando a entender que comprende la situación y sentimientos de su compañero.

En el tercer movimiento, el depredador recobra ímpetu y vuelve a tomar las riendas, moviendo al bailarín novato a su antojo. Le convence de que él, la presa, es víctima de unas circunstancias que escapan a su control. Si el movimiento anterior ha sido ejecutado correctamente, y podéis estar seguros de que ése es el caso si Barbarroja McQuinn es el encargado, el atribulado danzarín se deja llevar con lanquidez hasta que el baile desemboca en su hermoso clímax.

En ese momento, el depredador, en un espléndido tour de force, ofrece una solución que no sólo revertirá la situación en que se encuentra el infeliz; también le compensará por las vicisitudes sufridas hasta el momento. Son raras las ocasiones en que estas danzas finaliza abruptamente al llegar a este punto. Lo normal es que la víctima contemple la propuesta y la sopese durante unos inacabables segundos. Durante ese instante, la orquesta llena el silencio con un crescendo que concluye cuando el novato bailarín saluda a su salvador con una torpe reverencia y el trato se cierra.

Y así, amigos míos, es como las desgracias se convierten en tragedias.

Parte 3

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2 respuestas a Polvo de estrella (II)

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