Polvo de estrella (I)

En esta ocasión, nuestro protagonista es un joven diseñador gráfico holandés llamado Jans Van Jill. Un par de semanas antes de los hechos que nos interesan, había sido abandonado por su mujer. Ya sabéis cómo es eso. La angustia, el dolor y blablablá, las noches huecas sin fin y la enorme cama vacía y blablablá y los ojos perdidos que veían su rostro en cada sombra, pintado en óleos ocres y burlones, y muchos más blablablás, demasiados para perder el tiempo con ellos.

Fue, precisamente, con la intención de escapar de todos esos blablablás que nuestro diseñador gráfico heterosexual viajó a Escocia, con la esperanza de que el calor del whisky en su estómago fuese de tal intensidad que consiguiese derretir su mustio corazón. Recorrió las tierras altas de taberna en taberna, pero su pena flotaba en cada vaso, empeñada en no ahogarse, obstinada en no desaparecer.

Una noche vestida con la pertinente tormenta, se encontró sin saberlo acodado en la barra de, lo habéis adivinado, la taberna más peculiar del país. No me refiero a la del viejo McCargan, de cuyas paredes chorrea sangre cuando la botella de Oban está a punto de vaciarse; ni a la del perro que se pasea por el techo haciendo malas imitaciones de Sean Connery; ni a la regentada por un troll que intenta pasar desapercibido empleando como disfraz el pellejo de la reina Victoria. Os estoy hablando de la taberna conocida como la de los cuatro lugares. El nombre viene de algo tan evidente como que existe un arriba y un abajo y algo entre ellos y otro lugar. Es allí, en ese cuarto lugar, donde la taberna suele pasar la mayor parte del tiempo. Sólo aparece aquí, entre arriba y abajo, una vez cada tres años. Y sólo durante una noche, excepto si Escocia gana el Torneo de las Seis Naciones; si eso sucede, se queda durante toda una semana.

En esta taberna es posible encontrar a Harriet, la celebre puta de Brighton que tantas alegrías dio al buen Henry I y de quien se dice que no tener pezones es la menor de sus virtudes. También suele rondar por ahí el primer obispo de Canterbury, poseedor del don de relatar la vida que hubiesen llevado los muertos. Y el poco conocido James MacQuall, el violinista menos dotado de su generación, que, en una vana búsqueda de injusticia poética, intentó ahorcarse con las cuerdas de su instrumento y acabó con el cuello atravesado hasta el hueso, de tal forma que ahora es incapaz de beber un buen whisky sin derramárselo por la pechera. Y otros mucho más conocidos por el público en general, como Matt Quarry o Belinda McDuff, que no necesitan que os los presente.

La gente visita la taberna no sólo por los personajes que la pueblan. En sus estanterías es posible encontrar algunos de los objetos más extraños que el mundo haya visto nunca. Me refiero, por ejemplo, al prepucio de William Wallace, que garantiza quedar embarazada a toda mujer que lo mantenga diez minutos bajo su lengua. También se encuentra por allí la partitura de la segunda parte del “Réquiem” que Mozart dictó después de muerto, mucho más alegre y con cadencias que se diría que prefiguran una suerte de proto-reggae. Y el mástil de guitarra roto con el que Buddy Holly asesinó al rey de los vampiros bajo las calles de Berlín. Y la gaita que, se cuenta, está fabricada con el pellejo de Zeus, cazado la última vez que se paseó en forma de toro, y que es capaz de tocar sola, sin intervención humana, aunque tiene dificultades para mantener el ritmo en las melodías más animadas.

Todo esto y mucho más lo ignoraba nuestro Jans Van Jill, quien, con los brazos apoyados en la barra, recitaba su retahíla de blablablás a quien quisiese escucharle. Que era nadie.

Tan ocupado estaba el joven escuchándose a sí mismo, que no se dio cuenta de que a su lado se había sentado Barbarroja McQuinn. Y, si alguno de vosotros empieza a sospechar el rumbo que va a tomar esta historia, es muy posible que esté en lo cierto.

Parte 2

Parte 3

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2 respuestas a Polvo de estrella (I)

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