La otra ciudad

En la otra ciudad siempre hay sangre en las calles y siluetas dibujadas con tiza en el suelo y niños que juegan a rayuela con ellas. Apenas quedan viejas que molesten en las colas del supermercado ni adolescentes sin marcas en la cara.

En la otra ciudad, la lluvia siempre llueve sobre algún muerto. Los cuartos se marcan con el repicar de los casquillos en la acera. Incluso a mediodía, una bala puede viajar, silenciosa e indolente, hacia tu estómago.

No hay verdad ni mentira en la otra ciudad; sólo sonrisas detrás de las navajas. La policía es un chiste de borrachos de barra de bar. Allí se alaba a los malditos y al dulce sacramento de la violación.

En la otra ciudad, los buenos días son cuando sólo has sido apuñalado; y los malos, cuando has sobrevivido.

A veces me asomo a la ventana y la contemplo en la distancia, con la perenne corona de tormenta que la rodea. Vuelvo a sentir el peso del metal en mi mano y mi ausencia de sus calles se convierte en una pena vaga y pestilente.

En la otra ciudad nadie te llama tu nombre, pero allí sabía quién era.

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