Pasajes

Queequeg era nativo de Rovokovo, una isla muy lejana hacia el oeste y el sur. No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca.

Herman Melville, Moby Dick

Es un hecho aceptado entre los físicos actuales que existe más de un universo. Dice mucho de nuestra manera de ser que hayamos tenido que dejar transcurrir siglos para redescubrir lo que nuestros antepasados ya sabían, acurrucados y temblorosos en sus cavernas. Pero no divaguemos. La física actual postula innumerables, cuando no infinitos, universos paralelos. En realidad, sólo hay uno, separado del nuestro por un simple pensamiento: ¿y si…? Y no es paralelo al nuestro en absoluto. Es posible que sea equidistante en todos sus puntos, pero es totalmente diferente al que nosotros conocemos.

Sus habitantes están muy orgullosos de ello.

El Salón de Puertas es una de las construcciones más importantes de este mundo que no es el nuestro. Su nombre, Salón, era apropiado al principio, cuando no era más que una habitación con cuatro puertas colocadas de cualquier manera en las paredes y una pequeña chimenea que calentaba los huesos de su guardián. Ahora se extiende por hectáreas y, en su interior, bosques enteros se plantan e incendian alternativamente para mantener el calor. Millares de puertas se alinean a lo largo y alto de sus paredes con una distancia entre ellas que corresponde exactamente y por capricho expreso de su custodio a un secreto y medio. Por supuesto, visto desde fuera, el Salón tiene el mismo tamaño que en su origen.

Durante más años de los que nadie podía recordar, los pasos entre aquel mundo y el nuestro habían sido libres. Cualquiera podía viajar hasta nuestra tierra. Hadas, trasgos, elfos, trolls, ninfas, gorgonas, grifos y quimeras, incluso algún que otro dragón, habían cruzado en busca de aventuras con las que impresionar a sus mayores. Pocos habían conseguido regresar. Se cree que la mayoría murió. Los sabios dicen que no es tan sencillo abrir un camino de vuelta. Sin embargo, aún hoy, los abuelos asustan a sus nietos con historias de un mundo tan frío y árido que seca los corazones. Sea como sea, lo cierto es que el Rey del Mundo decidió que aquello debía acabar. Había prometido, mientras mordisqueaba cansinamente la yugular del derrotado Rey anterior, que protegería a todos y cada uno de los habitantes de su mundo. Fue así como empezaron a recolectarse los pasos, a encerrarlos en puertas de roble bajo oraciones anteriores al habla y a almacenarlos en el Salón de Puertas.

Uno pensaría que un lugar así estaría fuertemente protegido. Sin embargo, sólo hay una persona custodiándolo. Debido a su puesto, se le conoce como el Maestro de Llaves, aunque algunos insisten en llamarle por su nombre anterior, Anciano. La mayúscula viene del hecho de que es, exactamente, veintitrés días más viejo que el mundo. Había sido el encargado de guiarlo a su sitio, lo que consiguió, si le hacemos caso, con no pocos esfuerzos.

Él es el único capaz de abrir las puertas, el único que conoce la lengua que existía antes de que se inventase la lengua. Y es, ciertamente, alguien difícil de intimidar. Cuando se aburre, simplemente se deja morir y resucita en cualquier otra parte y en cualquier otra forma. Ha sido cedro y roca y mosquito y esperma de ballena. Como cedro había sido talado, hecho astillas y quemado durante los primeros experimentos del hombre con la carne cocinada. Como roca fue tallado y formó parte de los muros de la biblioteca de Alejandría. Como mosquito propagó la peste bubónica por Alemania con inusual energía. Y como esperma de ballena engendró una bestia blanca que visitó más de una pesadilla de más de un marinero. Y aquellas habían sido sus aventuras más mundanas e insípidas. No, no es fácil asustar al Anciano. Y así, él es el único que vigila pacientemente las puertas, cantándoles canciones en susurros acompañado por el crepitar de los bosques en llamas, acariciándolas al pasar por su lado y llamándolas por su nombre.

La única puerta que no está anclada a una pared es la que permite la entrada al Salón. Está en todo momento unos pasos por detrás del Maestro. De ese modo, los visitantes siempre aparecen donde él se halla. No le apetece caminar para contentar a quien interrumpe su vigilia; y tampoco quiere que la gente vague por sus dominios, intentando engatusar a alguna puerta ingenua para que se abra. No, quien se adentre en el Salón se encuentra cara a cara con el Maestro, que lo despacha rápidamente con los peores modales que es capaz de encontrar.

Luego están las ocasiones especiales. Cuando el Maestro busca las paredes con la mirada y piensa en salir de ahí y olvidarse para siempre de vigilar y guardar. Cuando piensa que no protege a los habitantes de las puertas, sino de sus caminos. Cuando sospecha que su mundo, alejado de los retos que ofrece el otro, se está convirtiendo en un huerto yermo, donde no crece la imaginación.

En esos momentos, cuando necesita que le recuerden el desierto que hay al otro lado, se acerca a una de las puertas y le murmura las palabras con una sonrisa tersa y cansada. Y, cuando la puerta se abre con un gesto ligero y elegante, se desliza por el borde del mundo, donde se curva y se convierte en otra cosa.

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