El Santo de los injustos (III)

Un sabio dijo una vez que el árbol que es Europa había soltado sus semillas en tierras poco adecuadas. Así, ponía como ejemplos, la semilla española había caído en tierras haraganas y presuntuosas; la portuguesa, en terrenos ablutofóbicos; la simiente alemana, en tierras zotes y fofas, y la francesa en algo que no puedo repetir sin provocar un conflicto diplomático. De todos modos, continuaba, no podemos culpar al árbol de todos los males. Los escoceses, según él, habían salido de las piedras; y los ingleses, del polvo del camino.

Todo esto lo dijo después de muerto, así que no se le puede hacer mucho caso. Tampoco tiene nada que ver con lo que estamos contando.

Algo que sí que tiene relación, aunque sea de un modo superficial, es el apego del pueblo inglés a las tradiciones. No es difícil rastrear el origen de algunas de sus peculiares costumbres, como ese molesto tono nasal con el que saludan y se despiden, que se remonta a la época en que era habitual rebozar a los belgas en mantequilla para hacer reír a los niños. Una curiosa historia, demasiado larga para explicarla aquí y que envuelve al malogrado duque de Gloucestershire, una peculiar visión del futuro y un melón, es la causa de la habitual marca del traidor empleada por los ingleses en los tiempos de nuestro relato. La marca en cuestión consistía en un león sobre campo de gules, con la cabeza rapada y una lata de cerveza en la mano. Esta señal se grababa a cuchillo sobre la mejilla derecha del traidor, tarea que llevaba varias horas incluso al más avezado artesano.

En el momento en que Ian O’Maghoganey fue liberado, lo único que el capitán quería era perderlo de vista. Por eso, llevado por un pragmatismo fruto del cansancio, decidió escribir él mismo una triste y solitaria “T” en la cara de aquel maldito imposible de matar. Aconsejado por uno de sus hombres, que apuntó que era muy posible que los irlandeses no entendiesen el mensaje, grabó, después de un sonoro bufido, una “F” en la otra mejilla.

Y así fue como vimos por última vez a nuestro protagonista. Ahora, cuatro años después, volvemos a encontrarlo en una situación peliaguda: atado a un tronco plantado en medio de una hoguera. Sin embargo, esta vez no se le ve preocupado en absoluto. Es más, si nos fijamos podremos ver un malicioso brillo divertido en sus ojos.

No es la primera ni la segunda hoguera a la que Ian O’Maghoganey se enfrenta. Si hacemos caso a las habladurías de la gente, han sido más de veinte los intentos de quemarlo que han fracasado. “O’Mag, el burlador” le llaman. Capaz de burlar a los ingleses y a la propia muerte.

Como sucede con todas las leyendas, es difícil distinguir la verdad, la exageración y la pura invención. Se dice que los primeros meses había vivido solo, alejado de los núcleos de población, temiendo ser linchado por su traición. Había sido una vida miserable. Durante semanas, se alimentó sólo de raíces y de alguna comadreja despistada que caía en sus trampas rudimentarias. Perdió tanto peso que el pellejo se le pegó a los huesos haciéndole parecer un cadáver recién levantado de la tierra blanda. Durante una incursión nocturna en busca de alimento fue prendido y empezó a forjarse el mito. Si hacemos caso a las crónicas de Sir William Raleigh, el futuro santo fue víctima de unos treinta intentos de ejecución por parte de sus compatriotas. Todos y cada uno de ellos se frustraron por causas que apenas encuentran explicación fuera de la intervención divina.

De este modo, entre horcas que se desmontaban solas y madera seca que no prendía y piedras que se sentían inexplicablemente atraídas por el suelo al ser lanzadas, fue pasando el tiempo. Los irlandeses no se explicaban cómo era posible que Dios, en su Infinita Bondad y Justicia, protegiese a aquel traidor, pero los hechos hechos eran y nadie podía negarlos. Ian O’Maghoganey dejó de ser perseguido, se estableció en un pequeño pueblo del sudeste y fundó una pequeña herrería, donde demostró sus escasas capacidades para el trabajo manual.

A esa herrería se acercó un día la ya madura mujer de un coronel inglés destinado en la zona. Más colorada que el hierro al rojo que el irlandés golpeaba con desgana, explicó su problema. Llevaba años intentando darle descendencia a su marido sin éxito. Y no se estaba haciendo más joven por lo que las posibilidades de morir sin haber cumplido su mayor deseo eran cada vez más elevadas. La mujer se preguntaba si Ian O’Maghoganey no podría interceder ante el Señor por ella, dado que parecía que gozaba de Su favor. El hombre se lo pensó un momento y puso un precio que, aunque elevado, parecía razonable por una línea directa con Dios. La señora volvió al día siguiente con el dinero y recibió instrucciones de esperar una señal en forma de cisne negro. Al cabo de dos semanas de esperar, regresó a la herrería para confirmar que había entendido bien las instrucciones y se encontró con que el herrero ya no se encontraba allí.

Y éste fue el modo en que Ian O’Maghoganey empezó a ganarse la vida. Estafando a los ingleses necesitados de favores divinos. Ofrecía sus servicios, los cobraba y desaparecía. A veces permanecía en el pueblo, se sometía al juicio y dejaba que intentasen ajusticiarle sólo para que quedase claro que Dios le escuchaba. Su fama empezó a crecer y a extenderse como leche derramada por todo el país. Rara era la plaza en la que no se escuchaban relatos sobre los prodigios y milagros realizados por él, como el de la curación de las hemorroides del sordomudo o el de las sardinas que saltaron del mar al plato en número incontable.

Es cierto que a sus compatriotas no les acababa de parecer apropiado que no se dignase a repartir con los más desfavorecidos el fruto de sus trucos y engaños, pero parecieron conformarse con saber que los ingleses eran sistemáticamente engañados por Ian O’Maghoganey y empezaron a llamarle con el apodo antes mencionado.

Y con éstas volvemos a la hoguera. Sujetando una antorcha que arde con menos intensidad que la rabia en sus mejillas, está un teniente de caballería a quien O’Mag, el burlador, no ha sido capaz de curar de su impotencia. El inglés tiembla de indignación e ira. No sólo sus súplicas no han sido escuchadas en el cielo, sino que su problema se ha hecho público y pasea de boca en boca entre sonrisas maliciosas.

Acerca la llama al montón de leña y ésta empieza a prender despacio, desprendiendo un humo pardo y sucio. Al momento, gruesas gotas de agua empiezan a caer y todo el pueblo levanta la cabeza para ver el cielo, que hasta ese momento era azul y terso, cubierto por grandes nubarrones negros. Entre risas, dos irlandeses de mejillas coloradas empiezan a desatar al burlador mientras el inglés patea el suelo con todas sus fuerzas y levanta el puño y jura venganza. Ian O’Maghoganey se sacude el polvo de la ropa, hace una reverencia en dirección al teniente y se dirige a la taberna seguido por sus libertadores.

Mientras tanto, en Roma, Inocencio X lee un informe. Por primera vez desde el absurdo Concilio de Nanterre, un Concilio tan absurdo que ha sido eliminado de los libros de historia de la Iglesia, un Sumo Pontífice se pregunta si Dios tiene sentido del humor.

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