Luego

Se derrama sobre esta tierra una paz verde y callada con olor a hierba seca y castaños. Una paz de insectos zumbando y piedras silenciosas, de ortigas meciéndose al viento, de lluvia por caer. Es difícil enfadarse aquí. Pero lo consigo. Una rabia pegajosa y dura me atraviesa la planta de los pies y enraíza en el suelo, atándome al mundo.

Flashback. La gente llega a oleadas como un mar sin fin. Me pongo en primera fila e intento frenarlos tanto como puedo. Intento evitar que mi madre y mi hermano tengan que repetir las mismas explicaciones una y otra vez. Intento que la gente llegue a ellos más calmada, menos ansiosa. Pero las olas me superan. Me pasan por encima y por los lados. Me ahoga un mar desencadenado.

No creerías cuanta gente vino a despedirte. O sí, no lo sé. Eras sencillo, pero no especialmente humilde. Contigo era difícil saber dónde acababa el orgullo y empezaba la mera tozudez.

Estaban todos. Imposibles de contar. Y en muy pocos podías leer compromiso.  Estaban porque querían.

Se levanta aire y los pájaros echan a volar. El silencio se inunda de batir de alas. Como olas contra un acantilado lejano. Y sigo quieto. Mi sombra larga y quieta me dice que soy una estaca clavada en la garganta de la Tierra.

Ahora mismo debe haber decenas de personas llorando a sus padres, a sus parejas, a sus hijos, a ese amigo imbécil por el que irías al infierno bailando un charlestón. Hay algo en el dolor que te hace sentir único; que no hay persona capaz de entender lo que pasa dentro de ti. Pero nadie es tan especial.

Flashback. Me muevo entre la gente como una abeja saltando entre flores. Reparto abrazos, palabras de consuelo, sonrisas. Alguna que otra broma. Mi prima me pregunta cómo estoy. No es normal, me dice, que parezca la persona más animada de la sala. Me recuerda a la enfermera en el hospital; me veía tan sereno que creía que estaba en shock. Pero no es eso. Es simplemente que no estoy preparado para tanta gente tirándome su dolor encima. Si no levanto todas las defensas, me aplastarán.

He discutido contigo más que con nadie. Con mucha diferencia. Y siempre supe que eras un hombre bueno. Ahora, después de haber visto el vacío que has dejado en tantas vidas, me doy cuenta de que eras mucho mejor de lo que nunca imaginé. Supongo que es difícil concebir el tamaño del sol cuando estás muy cerca.

¿No podías haber sido un estúpido cabrón como tu hijo? Ahora sólo te llorarían los cuatro imbéciles a los que habrías conseguido engañar y soportarlo sería más sencillo.

Flashback. No puedo dejar de pensar en el nudo que le han hecho en la corbata. No es de su estilo. Me imagino abriendo la vitrina y rehaciéndolo como a él le gustaría. Me disuelvo entre la multitud. Tengo el hombro de la camisa húmedo. Hombres con dos cojones han llorado ahí toda la mañana. Una, dos, cinco, diez personas me dicen lo mucho que me parezco a él. En treinta años, sólo una persona me encontró algún parecido. Los ojos, por si alguien se lo pregunta. ¿Y ahora soy su viva imagen? Hay que joderse.

Todavía consigo hacer reír a mi madre, pero mi hermano es una nube negra y tengo miedo al momento en que la tormenta estalle. Sólo Lucía, la pequeña y dulce galleta, ha podido arrancarle una risa. En algunos momentos parece como si su pena fuese algo que pudieses extirparle a puñados. Una melaza espesa y maloliente pudriéndose al sol.

Y ma sigue siendo un tanque pero, joder, ¿tenías que volver a enamorarla antes de irte?

Flashback. Tengo diez años y el hombre más feliz del mundo está a mi lado. Me señala a mi hermano a través de la ventana de la guardería. Una enfermera le indica que se equivoca de bebé.

El despiste constante y la constante capacidad de maravillarse son cosa tuya, ¿verdad? ¿Qué más me diste? Quiero creer que tengo esa facilidad para no juzgar a los que quiero. Es casi de juguete comparada con la tuya.

Flashback. Dejo a la familia comiendo y bajo a la sala. Entro a verlo y la habitación está inundada de flores. Tantas que cuesta creerlo. Estamos solos por primera vez desde el hospital. Por primera vez me siento solo. Por primera vez creo que voy a llorar. Me arrodillo en el suelo y me dejo llevar. Y no lo consigo. Por mucho que me esfuerce, todo vuelve a enrocarse dentro. Me pongo de pie sintiéndome imbécil y egoísta.

He hecho una tontería. Cuando nadie me veía, he cogido un puñado de ceniza y la he esparcido por la huerta de la abuela; por el rincón donde ella plantaba las zanahorias que tú te comías a escondidas. Supongo que ha sido un gesto bastante idiota. Pero, aunque entiendo que la familia quiera un sitio donde venir a verte, no concibo que alguien que amaba tanto la tierra acabe metido entre paredes de cemento.

Mirando hacia atrás, esto de acabar haciendo lo mejor para la mayoría aunque te joda también era muy tuyo.

Me llaman. Es hora de irse. Es hora del vino y la empanada y del chorizo, de la ensalada verde con vinagre ardiente y del pan de centeno. De abrazar a mi hermano y a mi madre y a la pequeña Sara; y de intentar que tus hermanas no lloren y de consolar a tu hermano y de ser lo que tú ya no puedes ser, una abeja feliz saltando entre flores.

Es hora de arrancar los pies del suelo y dejar que la pena y la rabia queden bajo tierra.

El abuelo lo decía muy bien: Cando vai-se o sol xa non hai mais día.

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