El Santo de los injustos (II)

Los ingleses llegan al mediodía del primer día de noviembre, sin mantener ningún tipo de formación y caminando con pasos desacompasados. Están cansados y sedientos, pero la perspectiva de un asedio sencillo, seguido de una agradable sesión de saqueo, tortura y violación, hace maravillas en el ánimo de un hombre. Y así vienen, cantando con más intención que resultados canciones sobre el buen Henry I y aquella vieja puta de Brighton.

Los cantos cesan cuando descubren que todo el mundo que esperaban matar yace ya muerto frente al castillo. Oficiales y chusma cruzan miradas de incredulidad. Pensaban que ellos eran el destacamento más avanzado. ¿Quién ha podido adelantárseles? Miran a su alrededor y cada vez entienden menos. No hay edificios en llamas ni miembros cortados por ninguna parte; ni tan sólo se escucha al ocasional niño llorando por su madre muerta. ¿En serio tienen que creer que esta matanza chapucera y alejada de las más elementales reglas de la atrocidad ha sido obra de leales ingleses?

En esas cavilaciones andan cuando Ian O’Maghoganey cruza el portón del castillo cargando con un cadaver. Está tan agotado que no repara en el asombrado ejército que le contempla mientras deposita con cuidado el cadaver en el suelo helado junto al resto. Se seca el sudor con el dorso de la mano antes de volver a dirigirse al interior del castillo.

El capitán de las fuerzas inglesas consigue reponerse de la sorpresa y ordena a dos de sus hombres que lo atrapen y lo traigan frente a él. Se atusa el bigote mientras observa al irlandés acercarse, escoltado por los soldados. Intenta imaginar a qué tipo de persona se va a enfrentar, pero es difícil entender qué se oculta detrás de esa mirada enfebrecida.

El hombre se identifica como Ian O’Maghoganey, señor de esas tierras. Los cadáveres, explica, son consecuencia de la negativa de sus vasallos a aceptar como legítimo rey a su Majestad, algo que él, Ian O’Maghoganey, fiel súbdito de la Corona, no podía tolerar. Uno por uno, confiesa con una arrogante sonrisa, han sentido su justa y orgullosa ira. Finaliza su discurso con una torpe reverencia y un juramento de lealtad.

El capitán no está nada contento. Esperaba que este pueblucho le permitiese levantar la moral de las tropas, mermada después de tantos meses fuera de casa. ¿Qué podía hacer? Es cierto que a muchos de sus soldados no les importaría desfogarse con alguno de los cuerpos que tienen delante o con alguna de las ovejas que pastan en los campos cercanos, pero ¿qué gracia tiene torturar y mutilar a un muerto?

El capitán suspira, mira al irlandés, de cuya historia no ha creído ni una palabra, y ruega porque sus hombres se conformen con un linchamiento. Ordena prepararlo todo para llevarlo a cabo a la mañana siguiente. Ian O’Maghoganey protesta, pero el capitán da permiso a sus soldados para que lo callen a garrotazos. Lo bueno de los ahorcamientos, piensa, es que no hace falta que el condenado esté en buena forma. Luego, en un gesto magnánimo, da permiso a la tropa para que sacien todos sus apetitos con las ovejas.

La tarde y la noche transcurren sin incidentes y, cuando el sol vuelve a salir, una solemne tarima da la bienvenida a Ian O’Maghoganey. Después de haber recibido otra paliza de propina, camina, más bien es arrastrado, hacia la muerte sin demasiado alboroto. La soldadesca grita alborozada, le escupe con gozo y le lanza alguna que otra piedra, posiblemente la única tradición católica que los protestantes decidieron mantener.

Dos horas después, el capitán empieza a perder la paciencia. El primer intento de ahorcar a aquel maldito irlandés había fracasado cuando la cuerda se deshilachó con tanta velocidad que se diría que un ejército de polillas la había tomado al asalto. El segundo se frustró porque el armazón entero de la horca se había venido abajo, incapaz de soportar las escasas 135 libras de aquel piojoso pelirrojo.

Ahora, colgado de una cuerda cuatro veces comprobada y de un madero ancho como un caballo, el hombre se niega a morir y permanece suspendido en el aire. La cuerda entre su cuello y el travesaño se mantiene tercamente destensada. Entre las tropas empiezan a oírse murmullos. Está siendo sostenido por ángeles, dicen esos malditos analfabetos. Lo que me faltaba, piensa el capitán; que estos idiotas crean que Dios está del lado contrario.

Decidido a terminar de una vez con tan molesto asunto, el capitán ordena a uno de sus tenientes que degolle al reo. El suboficial desenvaina la espada con una sonrisa de infantil alegría y se dirige hacia el cadalso con tan mala fortuna que introduce el pie en una madriguera de topo y cae al suelo rompiéndose el brazo por dos partes y atravesándose el cuello con su propia espada.

Los murmullos entre los soldados crecen en cantidad y volumen.

Se acabó, piensa el capitán. Tiene órdenes de matar y este hombre no se deja matar, así que es inútil seguir perdiendo el tiempo. Si es cierto que Dios está protegiendo a este bastardo católico, que sean otros bastardos católicos los que se encarguen de él.

Ordena que se busque entre los soldados a aquellos con más aspecto de idiota, pues supone que serán los que podrán hacerse pasar por católicos con mayor éxito. Cuando los tiene reunidos delante de él, les ordena que recorran el país explicando a todo el mundo la traición cometida por Ian O’Maghoganey.

Después, con esa gran sonrisa que nos acompaña cuando nos sacamos un peso de encima, informa a Ian O’Maghoganey de que acaba de convertirse en el hombre libre más odiado de Irlanda.

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