El Santo de los injustos (I)

Por estas fechas, el norte de Irlanda se llena de susurros y sonrisas cómplices. Los habitantes de la costa noroeste se preparan para celebrar la festividad de San Ian O’Maghoganey, el único santo secreto de la Iglesia Católica, popularmente conocido como “El Santo de los injustos”.

Situémonos. Estamos en 1.650 y las alegres tropas de Cromwell arrasan Irlanda con el desparpajo que da saberse en posesión de La Verdad. Las historias sobre torturas, asesinatos en masa y pueblos devastados cubren el país, cada una más terrible que la anterior. Reblandecidos por la doctrina de poner la otra mejilla, los antaño orgullosos y temibles irlandeses caen a puñados ante un pueblo cuya idea de valentía es beber el té frío. No es el mejor momento para ser católico, a menos que uno sienta una profunda vocación de mártir.

Se acerca el invierno. Las patatas se pudren en el suelo. Los fuertes vientos hacen viajar a las humaredas de los incendios y apenas hay Irlanda en la que no huela a carne quemada. Los ingleses descubren que las cenizas de los huesos son magníficas para conservar sus pelotas de críquet.

Viajemos hacia el norte y encontremos a nuestro protagonista, un pequeño señor en un pequeño castillo, escuchando las últimas notícias con una preocupación nada pequeña.

Los ingleses están a apenas dos jornadas de marcha, le dicen. Tenemos que huir, defendernos, rendirnos, prepararnos para la lucha, prepararnos para el suplicio. Ian O’Maghoganey hace callar a todo el mundo con un gesto de la mano. Les ordena retirarse y les aconseja hacer las paces con Dios.

Pasa la noche solo en la capilla rezando, llorando, suplicando y gritando, sin recibir respuesta. Dios debe de estar muy ocupado atendiendo a sus muertos.

Ian O’Maghoganey es un buen católico. No duda que el Gran Padre de Todos le acogerá en su seno. Pero le gustaría esperar unos cuantos años antes de comprobarlo.

Desesperado, escupe en la pila baptismal y abjura del catolicismo.

Sale de la capilla poseído por una fiebre herética, monstruosa, y ordena que todos sus subditos sean conducidos al castillo y reunidos en el patio central. Entonces da la orden y sus guardias más leales matan a todo el mundo del modo más rápido e indoloro posible.

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