La muy postergada muerte de Henry Brigadier (y II)

El señor Williams y la señorita Babs-sólo-Babs se disputan el honor de haber sido los primeros en ver al ángel. Ambos son indigentes, de modo que no es extraño que se peleen por el dinero que les supone aparecer en algún que otro programa sensacionalista. Es posible que sea su condición de vagabundos lo que provocó que todo el mundo les ignorase mientras chillaban apuntando al cielo. Tuvo que alzarse un brazo envuelto en una americana gris marengo para que la gente se detuviese y mirase hacia arriba. No falta quien dice que el ángel estuvo horas flotando sobre la ciudad sin que nadie reparase en su presencia.

Sea como sea, desde que el hombre de la americana gris marengo dio la voz de alarma, sólo tuvieron que pasar diez minutos para que un helicóptero de la prensa, seguido por uno de la policía, se presentase en el lugar. Y todos aquellos, ateos incluidos, que vieron en sus televisores sus llameantes ojos oscuros supieron en sus corazones que estaban contemplando a un auténtico ángel.

Al principio, los católicos no supieron exactamente cómo reaccionar; estaban acostumbrados a la fe y la realidad se les hacía incómoda. Eso no impidió que sus máximos dirigentes no quisiesen aprovechar la ocasión para confirmarse como la Única y Auténtica Religión. Estaban ya vestidos con sus mejores galas, preparados para ir a dar la bienvenida al Enviado, cuando alguien pronunció una sola palabra, Apocalipsis. La verdad, se dijeron unos a otros con las caras pálidas y nerviosas, es que no podemos descartar la posibilidad de que el Enviado venga a anunciar el Fin de los Tiempos. Y no sería nada conveniente que la Única y Auténtica Religión fuese la responsable de tanta destrucción y tanto llanto y crujir de dientes.

Fue así como acabó constituyéndose una comisión en la que todas las religiones del planeta, incluso las más minoritarias, estaban representadas. Y allá fueron, con sus solideos, sus kipás y sus capuchas Jedi, a subirse a un tejado para gritarle a un ángel.

El Enviado les ignoró con gran dignidad durante horas mientras intentaban comunicarse con él en latín, arameo, árabe y toda lengua conocida. Finalmente, cuando incluso el tipo de los platillos en los dedos se había cansado, el representante de la Iglesia Jedi asintió con la cabeza y dijo: Entendido. Y se dirigió a la salida del tejado con paso resuelto, aliviado por poder apartarse de aquella reunión que le parecía, en pocas palabras, imbécil.

Llegó a la calle seguido por los demás religiosos, suspiró profundamente y pidió un café. La larga espera en el tejado y el continuo parloteo del rabino le habían dejado agotado. Después, con el bigote goteando crema, informó a la prensa de que el ángel quería que fuese llevado a su presencia el niño milagro.

La noticia sembró la confusión y el mundo hizo lo que hace cuando está confuso y quiere aparentar que se está haciendo algo para solucionarlo. Se convocó asamblea en las Naciones Unidas y, durante dos días, mucha gente habló con muchísima más gente, se gritó demasiado y no se decidió nada.

Finalmente, cuando se iniciaba el tercer día de debate estéril, uno de los delegados se atrevió a explicar un rumor tan extendido en su país que había adquirido la categoría de leyenda. Entre risitas y murmullos de sus compañeros, habló sobre una familia que llevaba siglos recorriendo pueblos y ciudades, sin que el paso del tiempo hiciese florecer arrugas en sus caras ni encanecer sus cabellos. En la familia, decían las viejas a quien quería escuchar, había un niño eternamente niño.

Como hacer algo, aunque sea algo estúpido, es mejor que no hacer nada, la asamblea aprobó por aplastante mayoría una resolución que instaba al gobierno de aquel país a encontrar a aquella familia. Al día siguiente, el país se vio inundado de panfletos y carteles que instaban al niño milagro a personarse frente a las autoridades.

Impulsado por una mezcla de excitación y aburrimiento por los áridos años que veía transcurrir cansinamente, Henry se presentó en la comisaría local. Llevaba consigo una caja repleta de recuerdos de sus más de cinco siglos de vida como prueba de no ser un majadero más de los que estaban colapsando todos los edificios de la administración pública. Antes de darse cuenta, ya estaba volando hacia Nueva York. El mundo entero estaba pendiente y había que demostrar que las Naciones Unidas eran resolutivas y eficaces.

Diez minutos después de aterrizar estaba volando de vuelta a su país. El mundo entero estaba pendiente y ninguno de los delegados de las Naciones Unidas estaba dispuesto a participar en algo que involucrase a un niño que no aparentaba más de quince años sin ningún tipo de autorización paterna.

Los padres de Henry, seniles desde hacía un siglo aunque sus cuerpos no aparentaran más de sesenta años, tuvieron un momento de casi lucidez y, limpiándose las babas con el dorso de la mano, agradecieron al representante de las Naciones Unidas el honor de permitirles barnizar las regatas de sus botijos. El representante hizo una nerviosa llamada telefónica y, como los Brigadier en ningún momento habían expresado ninguna negativa a dejar que su hijo se reuniese con un ser extraterrenal en un tejado de Nueva York, todo el mundo lo dio por bueno y volvieron a meter al niño en un avión.

Y así llegamos a ayer, cuando Henry, con las rodillas temblando subió al tejado y comunicó al ángel su presencia con un grito desafinado que demostraba que, aunque contaba con 636 años, su cuerpo seguía siendo el de un adolescente.

Frente a las cámaras de todo el mundo, el ángel descendió con la serena lentitud de una gota de agua en un cristal.

El niño sonrió y estaba abriendo la boca para decir algo cuando el ángel, con un movimiento de su brazo tan rápido que pareció más una mancha en el aire que un movimiento, le arrancó la cabeza.

Antes de elevarse de nuevo a los cielos de donde había descendido, el ángel volvió la mirada a las cámaras. Y todos aquellos, ateos incluidos, que vieron en sus televisores sus llameantes ojos oscuros comprendieron el mensaje.

A Dios no le gustan los milagros que no proceden de Él.

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