La muy postergada muerte de Henry Brigadier (I)

De todas las anomalías que este mundo ha conocido, Henry Brigadier fue, hasta hace bien poco, la más notable. “El niño de los mil años” le apodó la prensa. Una burda distorsión de la realidad en busca de un titular más pegadizo. En realidad, en el momento de su muerte, al chico le faltaban varios meses para cumplir los 637 años.

Tampoco se puede culpar a los periodistas por su falta de información. Si hace unos días os hubiese preguntado quién era Henry Brigadier, todos y cada uno de vosotros, incluso tú que crees que todo lo sabes, habríais arrugado los labios en una mueca de ignorancia. Para eso estoy aquí. Para contar su historia.

Henry era hijo de Thomas Brigadier y Henrietta Casobaras. Supongo que esos nombres tampoco os dicen nada, así que tenéis que confiar en mí cuando os digo que fueron los más grandes alquimistas y estudiosos de filosofía oculta y magia natural. Como mínimo, de los que podemos considerar humanos. Transformar barro en oro, crear hombres a partir de esperma y estiércol, lo que queráis; decidlo y ellos lo descubrieron. Como veremos en breve, lo único que escapaba de su comprensión era la naturaleza mayormente idiota y asustadiza del hombre.

Os preguntaréis como es posible que hayan llegado hasta nosotros las obras de mediocres como Paracelso o Agrippa y, en cambio, sea imposible encontrar ninguna referencia del matrimonio en ninguna biblioteca. Y os responderé dos cosas. La primera es que la Biblioteca Negra del Vaticano, ¿cuál sino?, posee no menos de diez referencias almacenadas. La segunda, bueno, la segunda bien podría ser la razón de nuestra historia.

Los Brigadier descubrieron, alrededor de 1.345, el secreto de la prolongación de la vida. Dicho así, es cierto, no suena excesivamente dramático. Y, en verdad, el momento en sí tampoco tuvo nada que ver con lo que el cine nos tiene acostumbrados. Ni tan sólo una nube negra se dignó a aparecer en aquella tarde de primavera. Y Thomas y Henrietta tampoco eran del tipo de gente que lanza agudas carcajadas y proyecta sombras gigantescas en las paredes. Más bien, eran pulcros, eficientes y ordenados. Miraron el líquido destilado, anotaron la hora y el ciclo lunar, y se lo bebieron sin aspavientos.

Pasaron unos treinta años hasta el día en que sus vecinos, aterrados por aquellas caras en las que no florecían arrugas y aquellos cabellos que no encanecían, los acusaron de brujería y adoración del diablo, y siguiendo la tradición de aquellas tierras temerosas de Dios, prendieron fuego al hogar de los Brigadier con los propios Brigadier dentro. El humo provocado por los productos almacenados allí fue tan negro e intenso que alguno de los vecinos creyó que había sido cegado y maldito por los brujos, por lo que sus paisanos procedieron a ajusticiarlos también porque con estas cosas del Diablo mejor no jugar y nunca se sabe qué puede hacer un maldito mientras tenga la cabeza sobre los hombros. Entre la confusión y aprovechando el humo, Thomas y Henrietta, se dieron a la fuga guiados, como habréis imaginado, por un buen y fiable ojo de salamandra muerta en luna nueva.

Ese ojo fue lo único que consiguieron salvar en su huida. Eso y la certeza de que deberían establecer una rutina de mudanza si no querían que se repitiese un incidente tan desagradable, maloliente y alejado de la más mínima educación.

Desde entonces, los Brigadier no pasaron más de diez años seguidos en la misma población. Aparecían y desaparecían con la sutileza de un reflejo en el agua. Convencidos de que el mundo no estaba preparado para sus descubrimientos y desalentados por la pérdida de todo su trabajo, abandonaron sus estudios y emplearon sus variados talentos para ganarse la vida sin llamar la atención. Ahora eran herreros, ahora médicos, ahora artesanos de la más fina cerámica. Casamenteros también, ¿por qué no? ¿Quién se resiste a un filtro amoroso bien pagado de vez en cuando? Eran carpinteros cuando nació Henry.

Quizá pasó por la imaginación de los felices padres que su don traspasaría a su hijo, pero, casi con total certeza, puedo asegurar que no preveyeron las consecuencias. Nueve años después de su nacimiento, Henry empezó a gatear. Tardó otros trece en sostenerse en pie. Y pronunció su primera palabra, “joder”, a los pocos días de haber celebrado su trigésimo aniversario.

Es posible que esta morosidad en su desarrollo no hubiese sido tan cruel de no ser porque su crecimiento físico no limitó el de su mente. Henry se encontraba encerrado en su cuerpo, incapaz de manipularlo de acuerdo a su voluntad. Tenía cerca de trescientos años cuando consiguió masturbarse por primera vez. El mero recuerdo de aquellos largos y estériles años sometido a pensamientos ardientes para los que no encontraba alivio alguno era suficiente para provocarle una rabia profunda y dolorosa.

Su educación, por supuesto, tampoco transcurrió sin penalidades, condenado a las burlas y ataques de los demás niños, por los que la edad fluía grácilmente, estirando sus huesos e hinchando sus músculos. Le llevó unas cuantas narices rotas rendirse a la evidencia de que incluso los alumnos más pequeños le sobrepasarían en apenas un par de años, lo que le dejó sin ninguna vía de escape para su frustración y su agresividad. Creció como un niño anciano tímido y apocado; una sombra silenciosa permanentemente pegada a las paredes mientras los siglos se arrastraban con la serena lentitud de una gota de agua en un cristal.

Y así pasaron los años.

Y fue la semana pasada.

Y apareció el ángel.

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