Heredar la Tierra

Los países se reunieron y murmuraron con sus profundas voces roncas de país. ¿Era cierto?, se preguntaban. ¿Era cierto que el rey del mundo no sería coronado por la fuerza de las armas sino por la del músculo y el hueso? Si eso era así, ¿qué oportunidades tenían las pequeñas naciones de la pequeña Europa?

Uno de los países que hablaban con rotundas erres y eses sibilantes explicó como China y la India habían engendrado un niño. Y como el resto de países de Asia estaban entrenándolo en todo tipo de artes mortales. Un niño ágil como el viento y silencioso como la noche, educado para matar con sus manos desnudas.

Otro relató como México se había aliado con sus hermanos del sur y había concebido con Brasil otro niño, criado en el odio más absoluto hacia el hombre blanco del norte. Se decía que los Estados Unidos estaban gestando un mestizo, con la esperanza de que los demás se apiadasen de él.

Los países se miraron. ¿Lucharían? Por supuesto. Habían dominado el mundo por siglos. ¿Cómo iban a rendirse ahora? Todos volvieron sus ojos oscuros de país hacia Alemania. Ésta asintió y preguntó quién sería su compañero. El resto bajó la vista. Habían confiado en la Gran Madre Rusia, pero ésta no había acudido a la reunión. No era Europa, había dicho. Ni Asia. Cuando el rey del mundo se alzase sobre los cadáveres de sus contrincantes, ella seguiría siendo Rusia. Que se atreviesen a luchar con ella, había concluido con una mueca arrogante.

Los pequeños países señalaron a Francia. Alemania dijo que poco podía esperarse de lo que saliese de aquel país de cobardes, pero nadie quería la responsabilidad, de modo que acabó decidiéndose que ellas dos serían los padres del niño que defendería Europa.

Desde el sur llegó un gruñido. Un desafío. Cuando miraron, vieron piel brillante y tensa deslizándose como agua sobre músculos y crueldad, vieron dientes blancos y afilados formando la sonrisa de la venganza.

Se acercaba el momento de decidir quién heredaría la Tierra. Y los pequeños países de la pequeña Europa serían los primeros en caer.

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