En lo profundo del bosque

Piotr abrió la puerta. Un fuerte viento frío le azotó la cara. Recortado sobre el paisaje gris y nevado estaba Nikolai. Piotr le saludó y le invitó a pasar.

— No es una visita de cortesía, Piotr.

— Oh.

Nikolai plantó una fotografía frente a su cara. En ella se veía a Anya y Andrey Ekaterynaya. Sonreían felices, cogidos de la mano. La imagen parecía ser reciente, pero no tanto como para mostrar la cicatriz que el pequeño Andrey se había hecho al caer de un árbol hacía un par de meses.

— ¿Los conoces? — preguntó Nikolai.

Sí, por supuesto, respondió Piotr. Aquél era un pueblo pequeño; todo el mundo conocía a todo el mundo. La pregunta se había convertido en algo feo y pesado en la boca de su estómago.

— ¿Los has visto últimamente? ¿Ayer por la tarde o esta mañana?

No, no los había visto. La cosa fea gruñó.

— Han desaparecido. Estamos montando una partida de búsqueda. ¿Quieres colaborar?

Sí, por supuesto. Aquél era un pueblo pequeño; todo el mundo ayudaba a todo el mundo. Le pidió a Nikolai que le esperase un momento mientras cogía el abrigo, los guantes y la bufanda. Nikolai asintió mientras palmeaba y pateaba el suelo para evitar que el frío se agarrase a él. La cosa fea acariciaba el estómago de Piotr.

De todos modos, la esperanza seguía allí, así que Piotr se abrigó a conciencia. Una voz pragmática le decía que la búsqueda podía prolongarse hasta el anochecer, cuando las temperaturas, libres de la vigilancia del sol, se precipitarían termómetro abajo como por un tobogán. Otra voz, más vieja pero con un timbre infantil, le susurró que el frío no era lo único contra lo que tenía que protegerse. Entró en la cocina, se metió un saquito de sal en un bolsillo y un pedazo de pan en otro, y salió a reunirse con Nikolai.

En la esquina, unos cuantos hombres más les esperaban. Sasha, Iosif y Mikhail, el charcutero. Todos iban vestidos para soportar un día a la intemperie y todos tenían la misma expresión adusta. Se saludaron con vagos gestos de las manos enguantadas; empezaron a caminar sin hablar. A Piotr le parecía que el silencio no servía de nada, que sólo conseguía que los ruidos sordos que hacía la cosa de sus tripas resonasen en su cabeza, pero no quería ser el primero en romper el mutismo del grupo.

Caminaron bajo un sol bajo y podrido, incapaz de proporcionarles calor; su luz, reflejada en la nieve, lo llenaba todo de un gris brumoso que desenfocaba los objetos lejanos. Caminaron con la nieve crujiendo bajo sus pies como único sonido y con la imagen de la pequeña Anya, de 12 años, y del pequeño Andrey, de 10, extendiéndose sobre el pueblo como una sombra triste. Era pronto para darlos por perdidos y tarde para evitar ese pensamiento.

Llegaron a la plaza mayor, donde aguardaba el resto de la partida. Eran, al menos, treinta personas. La mayoría formaba un semicírculo alrededor de Vasili Iarimovich, que repartía a la gente en parejas por distintos sectores. A medida que recibían su asignación, los hombres se separaban del grupo y se acercaban a Yelena Saparipova, que les entregaba una taza de plástico con caldo caliente. Entonces daban un vistazo a su alrededor hasta encontrar a alguien que les mostrase una sonrisa confiada, la devolvían y empezaban a caminar en dirección a la zona que les había tocado rastrear.

Los recién llegados se incorporaron al grupo y esperaron su turno. Delante de ellos, Boris Iovalenko explicaba a quien quisiese escucharle que había ido a ver a los padres de los pequeños. Estaban destrozados, decía. Nunca había visto a Illyana tan alterada, ni tan sólo durante la época en que Maxim había tenido tantos problemas con la bebida. Sus ojos, seguía, no eran más que unos pozos negros que parecían no secarse nunca. Y Maxim, por si alguien lo dudaba, había vuelto a coger la botella. Aunque, claro, ¿quién iba a decirle nada en esas circunstancias? En fin, él mismo, Boris Iovalenko, les había asegurado, no, les había prometido que aquella misma tarde volverían a tener a sus pequeños en casa. Y dio una vuelta sobre sí mismo, mostrando una sonrisa fanfarrona, como si quisiese que todo el mundo tuviese claro que él y sólo él acabaría salvando el día. Piotr se imaginó cerrándole la boca a puñetazos y patadas.

Llegó su turno y le emparejaron con Sasha. Les dijeron que tenían que dirigirse al bosque del este y cubrir el tramo entre el río y la vieja fábrica de bayonetas. Asintieron y fueron a recoger su taza de caldo. Yelena Saparipova tenía los ojos llorosos aunque intentaba sonreír. Los dos hombres dieron un vistazo a su alrededor, buscando una sonrisa confiada. No encontraron ninguna. La plaza estaba casi desierta ya. Se miraron el uno al otro, intentaron ofrecerse una sonrisa confiada y empezaron a caminar.

Piotr sujetaba su taza con las dos manos. La acercó a su nariz. El caldo estaba muy caliente y olía a zanahoria y col. Le recordaba a otros tiempos, cuando era niño y volvía corriendo a casa desde el colegio y su abuela le recibía con un abrazo, un beso y un tazón recién sacado del fuego. Aquella memoria, por breve y difusa que fuese, pareció reconfortarle durante unos instantes.

Con su ánimo renovado, quiso iniciar conversación con su compañero, pero un vistazo al ceño fruncido y la boca tensa de Sasha le detuvo. Nosotros, los rusos, pensó, somos demasiado dramáticos. Como si no quisiésemos que la esperanza nos guiase. O nos cegase, se respondió. La cosa fea de su estómago enseñó unos dientes amarillos y afilados.

A medida que se acercaban a las afueras del pueblo, empezaron a oír los gritos de los demás hombres llamando a los niños. Piotr deseó, con fuerza, con toda la fuerza que pudo reunir, escuchar a los niños responder. Deseó y deseó hasta que hasta las piernas parecieron fallarle de tanta energía que ponía en su deseo. En vano.

Los dos hombres se detuvieron un momento en el lindero del bosque. Las voces de los hombres les llegaban más cercanas. Casi se podía distinguir de quien era cada una. Sin embargo, durante un instante, oyéndolas venir desde la espesura verde, mezcladas con el crujir de las ramas, a Piotr se le ocurrió que era el propio bosque el que llamaba a los niños. Negó levemente con la cabeza. Miró a su compañero, le puso una mano en el hombre y empezó a caminar.

Esperaron hasta adentrarse unos cientos de metros para empezar a gritar. Sin haberlo pactado ni ensayado, se turnaban con completa armonía. La voz grave y ronca de Sasha se alternaba con la de Piotr, igual de grave pero algo menos castigada por el vodka y el tabaco, con un tempo preciso y tenso. Cada vez que llenaba los pulmones para una nueva llamada, Piotr notaba su pecho atenazado por el aire frío. Al cabo de un rato empezó a dolerle, pero no dejó de gritar cuando llegaba su turno.

El presentimiento que había tenido toda la mañana empezaba a apoderarse de él. No sabía cómo expresarlo, pero aquél sentimiento de horror y pena no le dejaba en paz. Por un momento, deseó encontrar a los niños sólo para no tener que irse a la cama con aquella cosa negra destrozándole por dentro. Se avergonzó de su egoísmo y chilló con más fuerza que antes.

Sasha le dio un golpe en el brazo para llamar su atención y echó a correr. Piotr le siguió. A los pocos pasos vio lo que Sasha había visto. El pequeño Andrey estaba sentado en el suelo, apoyado contra un árbol. Tenía los ojos cerrados y no parecía respirar. ¡Oh, sagrado Dios!, pensó Piotr mientras aceleraba, deja que abra los ojos.

El niño que estaba recostado en el árbol ya no era un niño. Lo que parecían rasgos difusos por la lejanía y la bruma y la verde oscuridad eran cortes, abrasiones, magulladuras y otras heridas para las que Piotr no tenía nombre. Lo que había tomado, durante la carrera, por un brazo tembloroso apoyado en el regazo era un cuervo picoteando las entrañas expuestas del muchacho. No había brazo. La manga del abrigo, desgarrada a la altura del codo, aleteó cuando se levantó una ligera brisa. Los hombres se detuvieron junto al cuerpo y el cuervo salió volando.

Las huellas en la nieve explicaban a la perfección los minutos finales de Andrey Ekaterynaya. Había recorrido los últimos metros de su vida reptando por la nieve, ensuciándola de sangre y mierda con los varios metros de intestino que arrastraba tras de sí. Las vísceras se habían enganchado en una raíz saliente. La nieve mostraba el lugar en que el muchacho se había revolcado en su lucha por liberarse. Finalmente, se dio por vencido. Sasha y Piotr siguieron con la mirada el arco casi perfecto que había trazado desde allí hasta el árbol en el que estaba ahora. Piotr miró la mano que le quedaba. Sus dedos, que apenas era hueso y tendón, todavía sujetaban sus tripas, todavía luchando por soltarse.

— Lobos —, dijo Sasha. Y no era lo que quería decir, pero su cabeza lo había traducido a algo que no sonase a locura.

Piotr asitió con un lento movimiento de cabeza. También sabía que no habían sido los lobos. Puso sus manos sobre el hombro de Sasha y le pidió que protegiese el cuerpo de las bestias del bosque. Él iba a buscar a su hermana.

Empezó a caminar hacia lo profundo del bosque.

Sabía lo que encontraría al final del rastro dejado por el niño. Encontraría una cueva. Y dentro de la cueva estaría ella, la sorbedora de ojos, la chupadora de tuétanos, la Baba Yaga; cabalgando su caldero, ávida de carne tierna y sonrosada.

¿Cómo habían dejado que pasase aquello? ¿En qué momento dejaron que los niños dejasen de temer a la oscuridad? Se sentía frustrado y furioso. A base de películas de Disney y de finales felices, los niños se habían convertido en presas ignorantes. Nadie les explicaba ya que no hay que mirar a los ojos de los sapos ni hablar con los robles. Nadie les advertía de que la luna brilla por las noches para facilitar la caza a sus hijos.

El surco sobre la nieve se convirtió en pisadas. Allí había caído el niño. No se veía ningún rastro entre las pisadas. Se estaba sujetando las tripas con la mano, pensó Piotr. Y siguió caminando, maldiciendo a toda su generación y a la generación anterior a la suya y a la posterior.

Recordaba como su abuela siempre dibujaba una señal de la cruz sobre su frente antes de dejarlo salir a jugar. Y como le frotaba el cuello con un ungüento de ajo en las noches de verano, cuando las ventanas se dejaban abiertas. Recordaba como le enseñó a mirar bajo los puentes antes de cruzarlos. Los niños de hoy, en cambio, caminaban por el mundo pensando que los monstruos eran adorables peluches azules o demonios ineptos que siempre perdían entre las risas y los bailes de los protagonistas.

Y por supuesto que los demonios pierden frente a los héroes.

Pero ya no quedan héroes en el mundo.

Tenía cada vez más frío. La noche se precipitaba con rapidez. El aire soplaba recio y gélido. Y parecía provenir del interior de la cueva que Piotr veía a lo lejos.

Empezaron a temblarle las piernas, pero se forzó a seguir caminando. Y, cuanto más se obligaba a acercarse a la cueva, más seguro estaba de que no sería capaz de entrar. Sabía que era demasiado tarde para Anya Ekaterynaya. En su mente, la niña era un borrón rojo; blanco sólo donde asomaba el hueso.

Se detuvo frente a la cueva. Inspiró profundamente, pero sólo consiguió que el miedo se le metiese más adentro. Entre temblores, sacó el saquito de sal de su bolsillo y la esparció por la entrada. Se sentó en el suelo y lloró por los niños ignorantes que desaparecen, día tras día, sin un puñado de sal ni un pedazo de pan en sus bolsillos.

Para Lucía Eire, que todavía respeta a los monstruos.

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Una respuesta a En lo profundo del bosque

  1. retrobastard dijo:

    Salud hermano …

    No nos engañemos, los dos sabemos que existen.

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