De cemento y huesos

Ésta no es la historia del hombre, sino de la ciudad que lo concibió.

No recordaba cuándo supo de él. Estaba bastante segura de que no había sido en sus inicios, cuando apenas era una frágil asentamiento junto al río; tan próxima a lo efímero que parecía que podría salir volando y desaparecer si el viento soplase con fuerza. También estaba bastante segura de que ya lo estaba esperando cuando sus edificios empezaron a anclar sus cimientos en la tierra. En algún instante entre esos dos momentos, el hombre se le apareció entre la bruma de la mañana y la ciudad supo que su destino era conseguir que naciese.

Así se volvió orgullosa y empezó a crecer. Primero, a lo largo de la ribera del río, como si la resiguiese con un pincel grueso. Luego, hacia el interior, extendiéndose como una mancha lenta e implacable.

Asfaltó sus calles y creó sistemas de alcantarillado y de canalización de agua para preparar un ambiente salubre en el que el hombre se pudiese criar. Y conoció el miedo cuando supo de la existencia de otras ciudades, posibles rivales. Celosa, instigó a sus habitantes a la guerra contra los extranjeros. Durante casi cien años creció y creció, regada por la sangre de los hijos de sus competidoras. Hasta que éstos llegaron a sus puertas y el fuego recorrió sus calles, dejándola herida, llorosa y humillada.

Entonces llegó una edad oscura. La ciudad se recogió y dejó el control a la gente que vivía en ella. Pronto se llenó de olores a orina y carne podrida. En cualquier parte se levantaban iglesias y hogueras. Ella simplemente miró hacia otro lado con su orgullo herido.

Pasaron estaciones y años y siglos, y la ciudad seguía sin recuperarse. Los hombres la habían convertido en una llaga gris y aceitosa. Levantaban edificios hacia el cielo como garras sin afilar y volcaban por sus tripas ríos de alquitrán. La ciudad no era feliz.

Hasta que un día abrió los ojos y vio a un hombre caminar por sus calles y supo que sería el abuelo del hombre que esperaba. Y estiró sus músculos viejos y recuperó el control.

Vigiló al abuelo del hombre y aprendió sus rutinas. Y rastreó con meticuloso empeño todas y cada una de sus calles hasta que encontró a la que sería su mujer. Hacerlos coincidir no fue difícil. Había aprendido desde muy joven a curvar levemente sus calles, a acentuar pendientes, a guiar a las masas con una suave mano izquierda. Como un niño que juega con el mercurio de un termómetro roto, manejaba las multitudes caminantes a su antojo, empujándolas unas contra otras, haciendo que se uniesen y se dispersasen al compás de sus caprichos.

Pronto hizo coincidir a la pareja en un bar.

Y simplemente esperó.

Mientras tanto, hizo brotar hospitales y escuelas y parques verdes. Y un edificio alto y oscuro, donde el hombre se enfrentaría a su mayor prueba.

Pocos años después, contempló el nacimiento de la madre del hombre y sonrió.

Para atraer al padre, erigió un monumental edifico de oficinas, cuyas ventanas centelleaban al sol. Al lado, plantó una cafetería pequeña y acogedora en la que las tartas eran más frescas que las noticias de los periódicos. Allí empujó con toda su delicadeza de ladrillo y hormigón a la madre, para convertirla en camarera.

Y simplemente esperó.

Unos años más tarde, el hombre nació. Y la ciudad, satisfecha y orgullosa, con su deber cumplido, se durmió y soñó un sueño de ciudad.

Esta entrada fue publicada en Civitas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s