Javanaise

— No te enfades — dijo. Su voz sonaba a varias pintas de cerveza de distancia —, pero estás condenado a ser gainsbourguiano.

Pensé una respuesta que no sólo iba a desmontar su teoría; también la humillaría lo suficiente como para que quisiese cambiar de tema. Cuando me saqué el cigarrillo de la boca para hablar, el humo se me metió en los ojos. El movimiento reflejo de mi brazo hizo caer mi vaso. Una marea negra y espumosa se derramó sobre la mesa y mis pantalones.

— ¿Ves? — continuó como si nada hubiese pasado —. A eso me refiero. Tu disfraz de patán arrogante sólo esconde a un patán arrogante.

Me sonrió y pareció como si su satisfacción estuviese construída sobre una decepción pequeña y temblorosa.

— Tu gran tragedia es que no sabes evitar ser tú mismo.

La miré y, en ese momento, quise casarme con ella. Matarla. Masticar su corazón.

— No necesariamente en ese orden — dije sin darme cuenta de que lo decía en voz alta.

— ¿Qué?

— Nada — respondí con mi mejor sonrisa, la que promete orgasmos y gritos y sangre en las paredes —. Acabo de ver mi futuro. Y estabas en él.

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